La actriz Carmen Sevilla cumple 90 años luchando contra el olvido y con un gran susto en su residencia

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Carmen Sevilla cumplirá mañana 90 años. Pero no soplará las velas ni tendrá una de esas fiestas con las que tanto disfrutaba. La novia de España ni siquiera será consciente de haber iniciado una nueva década porque desde 2013 lucha contra la enfermedad del olvido. El Alzheimer ha hecho que la actriz que enamoró a Charlton Heston o Cantinflas viva alejada de los focos y del cariño de un público que no la olvida. Querida y admirada por todos, Carmen no solo conquistó el cine nacional e internacional, sino también la pequeña pantalla.Su carisma, una simpatía arrolladora y un gran sentido del espectáculo hicieron de ella una estrella televisiva en la década de los 90. Su paso por el Telecupón, con Adoni Ferreño, fue clave para alzarse con el titulo del rostro más amable de la televisión. Carmen tenía savoir faire cañí, pero también la capacidad de hacer parecer natural lo que en otros quedaría forzado. Sus continuos y guionizados olvidos con las babuchas llegaban al público como ingenuos deslices que no hacían más que resaltar esas bondades de una mujer sencilla, de la calle.Porque si algo la hacía feliz era sentirse querida. Por el público y por sus amores, su verdadero talón de Aquiles. Jugó al rojo y salió negro. Los engaños y las traiciones –casi siempre perdonadas– la hicieron sufrir más de la cuenta. Ni Vicente Patuel, al que amó sin medida, ni Augusto Algueró supieron darle el sitio que merecía. Tal vez por eso se sentía cómoda con el afecto de sus seguidores, para los que siempre tenía palabras especiales.Aunque Carmen no lo sepa y ya ni le importe, ellos siguen ahí. Ni el paso de los años ni la nula información han hecho que los españoles la hayamos borrado de nuestra memoria. La situación en la residencia a la que se la trasladó es bastante rutinaria. No es la vida de una gran actriz, sino la de una enferma más que no recuerda nada. Ni siquiera comer.Las imágenes cayeron en manos profesionales que consiguieron frenar inmediatamente su comercializaciónNo es cierto que realice talleres ni que dé largos paseos por el jardín. De hecho, hace algún tiempo su vida pudo haber corrido peligro, pues alguien burló la seguridad de la residencia y fotografió a Carmen en unas circunstancias realmente desgarradoras. Unas imágenes que cayeron en manos profesionales que consiguieron frenar inmediatamente su comercialización.La escena gris y triste que se refleja en las diapositivas poco o nada tiene que ver con esos brochazos de color con los que algunos se empeñan en pintar una realidad que es penumbra. Este que les escribe no solo informó a su hijo Augusto de lo sucedido dentro de la residencia, sino que mantuvo conversaciones con los responsables del centro que tardaron en admitir un episodio lamentable del que todavía quedan muchas incógnitas por despejar.Porque alrededor de la nueva vida de Carmen Sevilla hay, tal vez, demasiada opacidad. Silencios que un día fueron risas, caricias nunca entregadas y conversaciones que son ya imposibles de mantener. Frustraciones de quienes fueron verdaderos amigos y ahora ni siquiera pueden verla o tener información no adulterada sobre su estado.Augusto, hijo de la actriz, se muestra infranqueable y no accede a dar explicaciones sobre sus decisionesAugusto se muestra infranqueable en este sentido. No accede a dar explicaciones sobre sus decisiones, ni siquiera responde ante la insistencia de quienes pretendemos saber lo que ha ocurrido con el inmenso patrimonio de su madre: “Nada que comentar sobre ningún tema”, me dijo la última vez que me descolgó el teléfono.Una declaración de intenciones que no todos entienden ni secundan. Es el caso de Norma Duval que, en 2018, denunció públicamente sentirse ninguneada y defenestrada. Sus lágrimas impotentes no solo fueron ante las cámaras, sino en las charlas que mantuvimos recordando fotografías de toda una vida juntas.Las quejas de Norma no solo cayeron en saco roto, sino que sirvieron para iniciar una guerra en la que también participó Lolita Flores y que dejó un reguero de titulares que fueron más feroces e incomprensibles en la intimidad. Lo único incuestionable es el afecto de unos y otros.En la calle Pintor Rosales (Madrid), donde Carmen vivió hasta que la enfermedad le hizo olvidar el camino hasta su cama, todos la recuerdan con emocionado respeto. Las cafeterías a las que solía acudir siguen vibrando con su recuerdo. El de una mujer llena de cicatrices, pero que encontró en la sonrisa un salvoconducto para combatir las penas.

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