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El primer caso de la Covid-19 en Panamá fue informado oficialmente el 9 de marzo pasado. Pero no es menos cierto que de la pandemia se tenía conocimiento meses antes y, sin duda, se sabía que tarde que temprano llegaría a nuestro continente y país. Pero las autoridades reaccionaron tarde, con lo que hubo que hacer compras de urgencia y en un mercado altamente especulativo. Ante la falta de ventiladores mecánicos –esenciales para mantener con vida a los pacientes en las unidades de cuidados intensivos– Panamá aceptó lo impensable: comprar equipos viejos, que los recibió en estado deplorable, sin actualización y a precios exorbitantes e inhumanos. Alguien lucró a manos llenas con el silencio de las autoridades, que esperaron hasta el último momento para adquirir equipos e insumos. Y, producto de la improvisación, Panamá tuvo que comprar ventiladores con múltiples problemas y ahora debemos rogar a alguna divinidad para que duren algo más que el tiempo de la pandemia, pues datan de 2013 y 2014 y se pagarán como si sus componentes fueran de oro de 24 quilates. Los gobiernos deben entender de una buena vez que no todos los puestos de instituciones como el Minsa deben ser ocupados por políticos. No les vendría mal nombrar de vez en cuando a profesionales de la salud.

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