Cuando saber no es suficiente: vacunas opacas

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Por saber, lo sabíamos. Durante las emergencias y desastres naturales se verifica lo peor y lo mejor del ser humano. Y también sabíamos que, en la psicología social de la corrupción, la cultura de normalización y la impunidad puede convertir a cualquiera que ejerza el poder conferido por la sociedad, en abusador de los recursos que son de todos, y terminan siendo desviados a unos pocos.Y en colmo de los saberes, ya la hoja de ruta del Grupo de Expertos de la OMS en Asesoramiento Estratégico sobre inmunización (“SAGE”) nos había dicho al final del 2020, que era necesario establecer criterios científicos para las prioridades en la vacunación contra la Covid-19, especialmente para los países suministros limitados de vacunas. Sabíamos, además, que saber no era suficiente, especialmente en Panamá.Los criterios recomendados eran: salvar vidas, conservar las capacidades de atención hospitalaria y favorecer la construcción de esa indispensable inmunidad comunitaria. El orden para lograrlo era en tres etapas, vacunando grupos prioritarios en cada una, tomando en cuenta los porcentajes limitados de vacunas y logrando su mejor uso para el bien común. Ver esos cuadros hoy, siete meses después, en www.who.int/es/home rompe el corazón y desafía el entendimiento: cada vacuna que se ha puesto es Panamá a personas fuera de los grupos que se debieron priorizar –léase: gente sana, menor de 60 años y sin laborar en la primera línea contra la enfermedad— no solo le quitó la vacuna a alguien con más peligro de morir, sino que nos alejó de los otros dos objetivos de la hoja de ruta: conservación de recursos médicos y la inmunidad comunitaria,El manejo del MINSA del programa de vacunación, en el momento que dejó de obedecer únicamente criterios científicos y se prestó a egoístas rejuegos políticos nos hizo daño a todos. Un plan semana a semana. Que, si hubiese respondido a la flexibilidad del aprendizaje científico sobre la marcha, que analiza, corrige y adelanta, bien hubiese estado. Pero no. Respondía y responde a otros criterios. Piensa mal y acertarás, dicen en el pueblo de mi madre.La primera semana de abril, cuando el MINSA publicó el plan en el que los docentes aparecían con la misma prioridad que el grupo 2(a) (personas mayores de 60 años y personas de 16 a 59 años con enfermedades crónicas)… comenzó el destape público de algo que todos lo panameños ya sabíamos que estaba pasando. Maestros de todas las edades, ocupando vacunas a la par del grupo prioritario. A ver, levante la mano todo el que conoce al menos a una persona que se vacunó en el grupo 1 (personas en la primera línea de atención) y el grupo 2(a) sin estar en peligro directo de contagio, sin atender pacientes, sin ser mayor de sesenta.La fila de dominós fue cayendo. Las opacas decisiones de a quién sí y a quién no le tocaba vacuna, obviamente ya tenían cariz político. Y si había duda, el martes 8 de junio en su charla de los martes (conferencia de prensa no es, que quede claro) el Ministro de Salud dijo que la última palabra y la decisión de a quiénes se vacuna las toma el presidente. Sabíamos también la subordinación estilo militar, pero ¿tanta? ¿de verdad? Quedó claro para todos: el criterio de la complacencia política, las palabras vacías y la falta de rendición de cuentas es el que priva por encima del criterio científico. Aviso parroquial: se busca una Ángela Merkel criolla.Ahora ya queda claro por qué tantos funcionarios, fuera del criterio de priorización, fueron vacunas en abril, mientras miles de adultos mayores 60 esperaban en la periferia y en el interior. Y en mayo, el torpe debut en redes de la vacunación “VIP” en la Asamblea Nacional. Tiene tan normalizado su privilegio de casta, que el comunicado defensivo en redes sociales, palabras más, palabras menos argumentaba: “songo le dio a borondongo y borondongo le dio a Bernabé…” ¿Si el Órgano Judicial y el Ministerio Publicó ya se vacunaron, por qué nosotros no? A lo que el MINSA respondió: “ni sí, ni no, sino todo contrario”. Y qué es peor: ¿un Ministro de Salud que no sabía o uno que sí?Ya se oye en todas partes: a ver quién te conecta y te cuela en la fila. Si el gobierno lo hace… Y en esas condiciones es el periodismo libre el que nuevamente destapa el escándalo: la vacunación clandestina en Coco del Mar con supuestas dosis de Pfizer, de los lotes que son de todos, en un laboratorio privado y contra cobro. ¿No lo sabíamos de alguna manera? ¿Que el ambiente de juega-vivo que ha fomentado el propio gobierno solo podía engendrar más corrupción en el sector privado? ¿Que la pandemia de la Covid-19 está reescribiendo la historia de los extremos humanos en bajeza y en nobleza?¿Y cuándo pasaremos de saber a hacer y nos indignaremos suficiente para exigir el cambio, que haya transparencia en la vacunación y se castigue a todo el que pone en peligro la vida ajena saltándose la fila?La autora es abogada y escritora

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