Cincuentenario de una infamia | La Prensa Panamá

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Si hay algo que impacta de la corta vida de Héctor Gallego es su aproximación al ideal evangélico y su puesta en práctica de los valores cristológicos. Según los testimonios recibidos, fue su apostolado uno de total identificación con el Maestro de Galilea. Como él, vivió una vida de desprendimiento de los bienes terrenales, entrega a los excluidos y alejamiento del poder político.Gallego fue un hombre de paz, que buscó la transformación interior y la creación de una comunidad fraterna basada en el amor y la puesta de recursos en común en aras del reino de Dios. Su misión sobre la tierra duró tres años, como la de Jesús de Nazareth, pero su mensaje y su obra perduran en el tiempo y el espacio.Tenía 33 años—la edad de Cristo, según la tradición—cuando “desapareció”. Fue víctima de una confabulación entre poderes locales y estatales que buscaban, con su desaparición, eliminar el desafío que una forma de vida fundamentada en la igualdad, la solidaridad y la hermandad planteaba a la dominación de los poderosos.Sus principales datos vitales son bastante conocidos. Oriundo de Salgar, en Antioquia, Colombia, nació en 1938 y se ordenó sacerdote en 1967. Eran tiempos del Concilio Vaticano II y la conferencia de Medellín, ciudad donde Gallego recibió su ordenación y donde los obispos latinoamericanos aprobaron pautas para acercar el catolicismo a la población, proclamando, entre otras directrices, la opción preferencial por los pobres.En 1968 fue nombrado párroco en Santa Fe de Veraguas. Tan pronto arribó a su destino, inició una labor evangelizadora inspirada en las enseñanzas de Cristo y la interpretación de estas conocida como la “teología de la liberación”, puesta en marcha después del concilio.La autenticidad de su fe, la profundidad de sus convicciones y su decisión de vivir como un campesino más, en medio de la pobreza y las privaciones, le ganaron la confianza del campesinado. También lo hicieron acreedor de la inquina de los gamonales, quienes veían en sus actividades de concienciación una amenaza a su dominación de una zona aparentemente adormecida, que, sin embargo, años antes había sido escenario de una asonada insurgente en las laderas del imponente cerro Tute (1959).Gallego ayudó a los campesinos a organizarse para romper el monopolio económico y político de explotación ejercido por los caciques. La fundación de la cooperativa La Esperanza de los Campesinos antagonizó a los gamonales, quienes recurrieron a los medios usuales para amedrentar al sacerdote: la difamación, la puesta en circulación de rumores sobre su integridad y la intimidación.Una noche, mientras dormía, incendiaron el modesto rancho donde residía. Ni así lograron amilanar al sacerdote de frágil aspecto físico, pero enorme fortaleza espiritual, cimentada sobre el amor a Dios y al prójimo.Cuando las tácticas perversas no funcionaron—el curita no se allanaba—los gamonales de Santa Fe recurrieron a su pariente, el amo de Panamá por obra y gracia del golpe militar que, con respaldo estadounidense, había dado la Guardia Nacional el año en que Gallego inició su ministerio. Omar Torrijos Herrera, pariente del mandamás del pueblo, conceptuó que la obra de Gallego podría llegar a representar un reto, no solo para el domino de su parentela en el norte de Veraguas, su tierra natal, sino, además, para su propia dictadura.Intentó, inicialmente, “comprarlo” con dádivas y promesas. Esta oferta, que con tantas otras personas le funcionó al tirano, no le interesó a Gallego. Su reino no era de este mundo.Entonces puso en práctica el plan número 2, ejecutado con éxito el año anterior, como nos lo recuerda la Dra. Brittmarie Janson Pérez en su valiosa obra Panamá protesta (1993).En 1970, la tiranía había secuestrado, maltratado y expulsado del país al sacerdote español Luis Medrano, por atreverse a criticar al régimen en Radio Hogar. A Torrijos y sus secuaces les pareció buena idea poner en práctica el mismo libreto con el padre Gallego.El dictador mandó a un conductor y dos matones a capturar a Gallego. La fatídica noche del 9 de junio de 1971, los jenízaros se presentaron a la puerta de la vivienda de la familia campesina que le había dado albergue al sacerdote tras la destrucción de su rancho.Cuando Gallego salió a la puerta, uno de los matones le dio un golpe contundente. Lo arrastraron hasta el auto donde lo siguieron golpeando hasta desbaratarlo, mientras el vehículo seguía su ruta de la muerte. Una vez informado de que el daño causado por sus subalternos era irreversible, el dictador ordenó la ejecución del sacerdote. “Mejor un cura muerto que paralítico”, sentenció el amo de Panamá, dueño de vidas y haciendas.En los 50 años transcurridos desde aquel abominable crimen de lesa humanidad, un enorme complot entre los militares y su partido (PRD), el Ministerio Público, el Órgano Judicial y hasta la jerarquía de la Iglesia católica ha impedido que se esclarezca la desaparición forzada del padre Gallego.Durante la dictadura, un Ministerio Público adscrito a los cuarteles archivó en 1973 el expediente del caso, después de llenarlo de fábulas, mentiras y los más burdos elementos. A inicios de la “democracia”, en 1993 un juicio amañado e incompleto produjo condenas en contra de algunos supuestos implicados y dejó por fuera a otros autores materiales e intelectuales de ese crimen de lesa humanidad.En 1999, fueron descubiertas en el cuartel de Tocumen unas osamentas. Familiares y amigos del sacerdote solicitaron su identificación. Sin embargo, 22 años más tarde, aún no se realiza esta tarea. El PRD domina hasta lo más profundo del putrefacto Órgano Judicial y el corruptísimo Ministerio Público.Cuando, por invitación del gobierno nacional, el papa Francisco vino a Panamá (2019), había gran expectativa alrededor de una posible declaración suya que daría impulso al esclarecimiento de su secuestro. Ni una palabra dijo, presumiblemente, porque la jerarquía eclesiástica y/o el gobierno panameño lo desaconsejaron. Hasta esas esferas se prolongan los tentáculos del partido de la dictadura.La falta de justicia para el padre Gallego confirma quién manda en Panamá: los “hijos predilectos” de la mal llamada “revolución” y, particularmente entre ellos, la descendencia de quienes se confabularon para exterminar a aquel apóstol del Evangelio. Pero, por más que intenten borrar la memoria del sacerdote inmolado, para exaltar la del tirano, Héctor Gallego seguirá vigente en el recuerdo de los campesinos de Santa Fe y de los panameños de buena voluntad.El autor es politólogo e historiador y dirige la maestría en Asuntos Internacionales en Florida State University, Panamá.

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