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‘Yo respeto la ley, JC. Varela no’


La historia cambia tan repentinamente y hechos insignificantes determinan el futuro de países y de millones de seres humanos. Ejemplo, si el Tratado de Versalles, no ratificado por Estados Unidos, no hubiese sido tan oneroso, nunca hubiera existido el nazismo. Se partió la antigua Prusia Oriental y quedó ubicada dentro del recién creado Estado polaco con el corredor de Danzig. Error.

El nazismo asume el poder en 1933 y solo llega a obtener el 37% de los votos, pero por argucias queman el Parlamento y le achacan la culpa a un militante judío. Posterior a eso, en 1935 reocupan la región de Saar, en poder de Francia y esta no hace nada. Luego viene la toma de Austria, la cual Italia con Mussolini pudo haber parado, pero este le pide a Inglaterra y Francia que acepten la invasión de Etiopía o Abisinia como un hecho consumado y estos se niegan, entregando a un desilusionado dictador italiano a las manos de Hitler. Después viene la crisis de los “sudetes”, en la cual minorías alemanas “reclaman” sus derechos, y en Múnich Berchtesgaden, el primer ministro Neville Chamberlain, con la teoría del “apaciguamiento”, le entrega parte de Checoslovaquia a Alemania, que coge el resto y la incorpora al Tercer Reich.

Si se hubiera negociado con Italia o bien si Francia hubiera parado el ejército alemán, no se hubiera registrado la Segunda Guerra Mundial. Igual me sucedió a mí, cuando con Juan Carlos Varela, el fatídico 20 de enero de 2009 en la Embajada de Estados Unidos de América, fuimos a conversar, donde mi inexperiencia fue aprovechada por alguien más político y astuto que yo. Él estaba muerto. Era un cadáver político. Yo lo recogí del piso, ya que marcaba 8% y lo llevé al Gobierno, y allá adentro nos traicionamos ambos, cosa que por orgullo mutuo no resolvimos los dos.

Imagínense ustedes si yo le hubiese empezado los mismos u otros procesos “amañados” y lo hubiera inhabilitado. Tal como él me tiene ahora, yo tenía lo mismo antes. La única diferencia es que yo respeto la ley y él no, pero pude hacer lo mismo. Mi corazón no da para esa maldad, la de él sí da. Por eso yo espero de este ser cualquier cosa que me pueda pasar porque su odio es a un nivel estratosférico.

Tal como a Hitler le debieron aplicar las medidas correctivas, yo debí hacer lo mismo. El final del primero ya lo sabemos, el del segundo estoy seguro no será tan fatal, pero de seguro será funesto porque personas que solo piensan en el odio, contrario a buscar la armonía entre toda la clase política, terminan no como Hitler, pero casi igual de desprestigiados y encarcelados, ya que lo que les hagas a otros, igual te lo harán a ti. La vida cambia a las personas con simples eventos que pasen y estos alteran toda la historia de mucha gente.

El mundo es así y para adivino solo Dios, por lo tanto, ahora hay que vivir con lo que se tiene y sacarle el provecho a lo mismo sin quejarse, pero sí recordar que muchas cosas jamás debieron pasar y pasan por culpa de uno mismo. No me arrepiento porque Dios me ha puesto aquí por algo y para algo que sé es más que una simple e injusta detención arbitraria. Quién sabe, ahora muchas cosas cambien. De eso estoy seguro.




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