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“Me molesta mucho que digan que escribo solo para mujeres”


La escritora María Dueñas, después de la entrevista.
JORGE PARÍS


La autora de uno de los libros más vendidos, El tiempo entre costuras (luego una exitosa serie de televisión, publica ahora Las hijas del capitán (Planeta).

Pese a estar traducida a más de 35 lenguas y ser una de las escritoras más vendidas, relativiza el éxito de un modo admirable. “Es que si no, no puedes seguir”.

Nadie había contado, como usted en esta novela, la cantidad de españoles que emigraron a Nueva York en los años treinta.
Es cierto, hubo mucha gente que se fue y no lo sabemos. No hay una narrativa colectiva de todos. No hay una narrativa que los una en una aventura común y vivieron muchas cosas en conjunto.

¿Tendría que ver con que fueron poco de reivindicar sus historias?
No lo sé, pero por ejemplo en el Nueva York de aquellos años había un Círculo Montañés donde se reunían todos los cántabros emigrantes. El capitán Emilio Arenas (personaje de la novela) coge una casa de comidas que se llamaba El Cántabro.

¿Por qué ese apellido, Arenas?
Le puse ese apellido porque quería que significara algo bonito y que sonara bonito.

¿Cree que la historia de las mujeres emigrantes no había sido bien contada?
Me interesaban las mujeres emigrantes desde que escribía la novela anterior, La Templanza. Entonces vi que las mujeres no eran las que daban el paso en la emigración pero siempre estaban presentes. Me interesaba explorar a las mujeres que emigraban y que habían tenido menos protagonismo.

Como siempre, ¿no?
Sí, como siempre. Iban porque el marido que las había dejado luego las reclamaba. También estaba el que volvía a buscar novia. Sin embargo, pese a ese rol aparentemente secundario, ellas hicieron un papel fundamental: totalmente aglutinador. He hablado mucho con ellas.

¿Valientes?
Eran muy valientes. Y he conocido algunas historias de mujeres que trabajaban. Señoras que en los años 30 eran costureras, sirvientas o cuidaban niños. Era emigración. Y no aprendían inglés, pero eran las que hacían las compras, se peleaban con el casero si subía el alquiler, iban al colegio a reclamar. Me reía con algunas que contaban cómo sus madres sabían si traían buenas o malas notas, aunque no entendieran nada de la lengua.

¿Una actitud muy de mujer?
Sí. Regateaban en las tiendas incluso. Y han sido las que han preservado que estos niños crezcan con una actitud española. Una señora de ochenta y tantos nacida ya en Brooklyn, que había estudiado allí su carrera y trabajo, me decía: «Yo me siento española totalmente. No soy de este país». Los de Nueva York mantenían mucho lo español, porque se iban con la idea de volver.

Pero la guerra lo impidió en la mayoría de los casos…
Claro, eran trabajadores: jornaleros, campesinos… No sabían ni leer la hora. Iban del campo de una España empobrecida. Había muchos mineros, cántabros de las canteras se fueron muchos. Ellos no soñaron con el sueño americano sino con deslomarse y volver para poner algo pequeñito. Pero cuando llega la guerra, ellos se comprometen con la República. Era gente trabajadora, con mucha conciencia de clase, y cuando la República pierde, ideológicamente están en el bando menos apropiado y además España no ofrece nada para volver y deciden quedarse. A partir de ahí ya se organizan con la idea de quedarse. Aunque algunos volvieron al jubilarse.

Cuando echa la vista atrás, ¿qué piensa de su éxito?
Lo relativizo porque si no, viviría presionada.

¿Qué soñaba ser de niña?
No tenía ningún sueño vital. Soy lo que me fue llevando un poco la vida, y me llevó a veinte años de vida académica. Luego tuve que decidir si seguía con las dos o escogía esta vida. Y elegí esto. Se abrió esta puerta y por aquí seguí. Llegó un momento que vi que era un tren que no quería dejar pasar. Ahora ya no volvería a la Universidad. Trabajo con mucha libertad y eso es fundamental para mí.

¿Cree en la distinción entre literatura femenina y literatura?
No, la respuesta es no. Hay una literatura que puede serlo y es, y sus autoras se identifican con ese subgénero, y no lo digo como algo inferior. Con lo que no estoy de acuerdo es con que automáticamente se asuma que las mujeres que escribimos sobre mujeres necesariamente estemos escribiendo para mujeres en exclusiva.

¿Le molesta?
Me molesta mucho que digan que escribo solo para mujeres. Es un prejuicio que hay que quitar. A los hombres que escriben sobre personajes masculinos nadie les dice que escriben en exclusiva para hombres. Y en cambio nosotras tenemos el sambenito colgando…

¿Hasta cuándo?
No lo sé. Aparece una mujer en tu portada y escribes sobre mujeres y automáticamente tu novela es femenina. Y a mí también me leen los hombres



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